El Fundamento de la Ascensión de Cristo

8–13 minutos

INTROUDCCIÓN

A menudo, al hablar de los pilares de la fe cristiana, nuestra mente se dirige inmediatamente a la crucifixión y a la resurrección de Jesús. Sin embargo, hay un evento que frecuentemente queda relegado a un segundo plano o es visto simplemente como el “cierre” de la historia de los Evangelios: La Ascensión de Cristo. Este material nos sumerge en una profunda verdad teológica: la Ascensión no es el final de la historia de Jesús en la Tierra, sino el comienzo de Su ministerio activo como nuestro intercesor y la garantía inquebrantable de Su regreso.

¿Alguna vez te has sentido desconectado de Dios en medio de una crisis, preguntándote si Él realmente comprende tu dolor humano? ¿O quizás has lidiado con la incertidumbre del futuro? La Ascensión aborda directamente estos dilemas. Al comprender que hoy existe un hombre glorificado sentado a la diestra del Padre, no solo encontramos consuelo para nuestras debilidades terrenales, sino que recuperamos la esperanza radical que transformó a un grupo de discípulos miedosos en los apóstoles que cambiaron el mundo. A través de este material, descubriremos cómo este hito histórico fundamenta nuestra identidad, nos sostiene en las pruebas y enciende el clamor de la Iglesia por Su pronto regreso.

EL ESLABÓN PERDIDO DE LAS PROFECÍAS Y LA DUDA DE LOS DISCÍPULOS

Después de la resurrección, Jesús pasó cuarenta días enseñando a sus discípulos acerca del Reino de Dios. A pesar de haber convivido con el Cristo resucitado, los discípulos aún albergaban profundas dudas. Su confusión nacía de una aparente contradicción con las escrituras del Antiguo Testamento. La profecía clave de Daniel 7:13-14 describía a un Mesías con apariencia de hombre viniendo “en las nubes del cielo”. Sin embargo, Jesús había nacido en Belén, caminado en la tierra, y no había descendido de los cielos en las nubes para derrocar al imperio romano y restaurar Israel. Esta discrepancia teológica los mantenía en incertidumbre: ¿Realmente era Él el Cristo prometido? Incluso figuras como Juan el Bautista habían llegado a dudar cuando las expectativas no se alineaban con la realidad que estaban viendo.

La Ascensión fue el evento que hizo encajar todas las piezas del rompecabezas. Cuando los discípulos vieron a Jesús ser alzado y cómo “le recibió una nube que lo ocultó de sus ojos” (Hechos 1:9), sus mentes se iluminaron. Los ángeles confirmaron:

“…Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”Hechos 1:11

Al verlo ascender con un cuerpo glorificado de carne y hueso, los discípulos comprendieron que, para que el Mesías regresara en las nubes tal como Daniel y Ezequiel lo habían visto, primero tenía que subir. Ahora, el escenario cósmico estaba listo. Lucas relata que, tras este evento, los discípulos no se entristecieron, sino que lo adoraron y “volvieron a Jerusalén con gran gozo” (Lucas 24:52). Su tristeza anterior se transformó en un fervor inquebrantable porque, por fin, había un hombre en el cielo capaz de cumplir la profecía de las nubes.

Para nuestra vida diaria, esta realidad es profundamente liberadora. ¿Cuántas veces dudamos de las promesas de Dios simplemente porque no ocurren en el orden cronológico o de la manera exacta que esperábamos? Los discípulos tuvieron que presenciar la partida física de Jesús para entender la magnitud de Su plan eterno. De la misma forma, los aparentes retrasos o los finales inesperados en nuestra vida suelen ser la preparación divina para el cumplimiento de una promesa mucho mayor. Dios está ordenando las piezas en el cielo para manifestar Su propósito en tu tierra.

UN HOMBRE EN EL CIELO Y LA IDENTIDAD DE CRISTO

Una de las revelaciones más impactantes de la Ascensión es que Jesús no abandonó su humanidad al volver al Padre. Como se menciona de manera brillante en el material de estudio:

“En la Encarnación Dios se convirtió en hombre, pero en la Ascensión ese hombre demostró ser Dios”.

Cristo nació como hombre, vivió como hombre, murió, resucitó con un cuerpo glorificado y ascendió permaneciendo cien por ciento hombre y cien por ciento Dios. No se despojó de su naturaleza humana como quien se quita un traje que ya no necesita. Por primera vez en la eternidad, ¡hay un hombre de carne y hueso en el cielo!

Este es el misterio revelado que el apóstol Pablo celebra en 1 Timoteo 3:16, indicando que Dios fue “manifestado en carne… y recibido arriba en gloria”. El apóstol Pedro, en su explosivo primer sermón tras Pentecostés (Hechos 2), utilizó hábilmente los Salmos de David para explicar esto. Usó el Salmos 16 para demostrar que el Mesías no vería corrupción en el sepulcro, y el Salmos 110 (“Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra…”) para revelar que David no hablaba de sí mismo, sino que estaba profetizando el momento exacto de la Ascensión, cuando el Padre invitaría al Hijo glorificado a sentarse a Su diestra.

Desde ese sermón en adelante, el Nuevo Testamento repite el título “Señor Jesucristo” casi un centenar de veces. Esta no es una frase vacía, sino una profunda declaración teológica de tres dimensiones:

  • Jesús (El Hombre): El que nació en Belén y mantuvo Su humanidad.
  • Señor (El Soberano): El de Salmos 110, sentado a la diestra de Dios con toda autoridad.
  • Cristo (El Mesías): El ungido de Daniel 7, que está listo para volver en las nubes.

Teológicamente, esto destruye la falsa idea de un Dios distante e inalcanzable. En lo práctico, cambia por completo nuestra forma de acercarnos a Él. No le estamos orando a una energía cósmica o a un espíritu indiferente a la realidad material; le oramos a un hombre glorificado que sabe exactamente lo que significa tener hambre, ser traicionado, llorar la pérdida de un amigo y sufrir la angustia humana. Esta conexión íntima fundamenta nuestra fe.

NUESTRO SUMO SACERDOTE Y EL ABOGADO EN LA PRUEBA

La Ascensión no significa que Jesús esté descansando pasivamente a la espera del fin del mundo; al contrario, inauguró Su ministerio incesante de intercesión. El libro de Hebreos utiliza un lenguaje poético y sacerdotal para explicar esto. En el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote traspasaba el velo del templo una vez al año para ofrecer sacrificios; pero Hebreos 4:14 nos revela que hoy tenemos un “gran sumo sacerdote que traspasó los cielos”. Debido a esto, se nos invita a acercarnos confiadamente al trono de la gracia para hallar socorro oportuno. Jesús está, en este mismo instante, a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (Romanos 8:34).

Además, Efesios 4:8-11 añade una dimensión victoriosa a la Ascensión. Pablo explica que antes de subir, Cristo descendió a las partes más bajas de la tierra, arrebató las llaves de la muerte y del infierno, y al ascender “llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres”. Al romper nuestras ataduras espirituales, Él ascendió para derramar Su gracia y equipar a la Iglesia (dando apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros).

El ejemplo de la vida del apóstol Pedro ilustra perfectamente el poder de esta intercesión celestial. Cuando Satanás pidió permiso para “zarandear” a Pedro, Jesús no impidió la prueba, sino que le dio una garantía inquebrantable: “yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:32). El “zarandeo” es ese proceso doloroso en la vida donde todo se sacude violentamente para separar la paja del trigo, revelando impurezas que no sabíamos que teníamos. En esos momentos de crisis profundas, ataques de pánico, o angustia paralizante, nuestra salvación y sostenimiento no dependen de nuestra propia fuerza espiritual, del conocimiento teológico o de nuestros ayunos, sino de la oración activa de Jesús por nosotros.

A esto mismo se aferró Job en medio de su indescriptible sufrimiento. Habiendo perdido en un solo día a sus hijos, sus bienes, su reputación y su salud, él declaró una de las verdades más poderosas de la Escritura:

“Mas he aquí que en los cielos está mi testigo, y mi testimonio en las alturas” (Job 16:19). Y más adelante declara: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” (Job 19:25-28).

Cuando se agotan tus propios recursos, cuando las palabras fallan frente al dolor humano, puedes rendirte y descansar en esta sublime verdad: tienes al mejor Abogado en los cielos. La fe sobrevive no porque la sostengamos nosotros, sino porque Cristo la sostiene mediante Su intercesión perfecta frente a las constantes acusaciones del enemigo.

LA ESPERANZA PURIFICADORA DE SU REGRESO

El mensaje unificador de la Iglesia Primitiva, catalizado por la Ascensión, era una esperanza viva, ardiente y transformadora: Él va a volver. Si la Ascensión no hubiera ocurrido, no habría un hombre en el cielo capaz de cumplir la profecía escatológica de retornar a la tierra. Saber que el mismo Jesús que ascendió está listo para regresar en gloria, acompañado de sus ángeles en llamas de fuego, encendió a los apóstoles con un fervor inagotable para evangelizar, soportar cárceles y enfrentar el martirio con gozo.

Esta es la garantía que inaugura el libro de Apocalipsis. En Apocalipsis 1:7 se declara: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá”. Juan describe a este Cristo glorificado en más de dieciocho atributos distintos, revelando al mismo ser que Juan conocía como su primo y amigo, pero ahora investido con la gloria suprema, con un manto teñido en sangre y una espada afilada saliendo de su boca (Apocalipsis 19).

Pablo utiliza esta misma esperanza para consolar a los creyentes perseguidos y agotados en Tesalónica. En 2 Tesalonicenses 1:7-10, les promete reposo “cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder”. Les aseguró que habría retribución y justicia divina. Para los primeros cristianos, la segunda venida no era un debate teológico académico o un gráfico en una pizarra, sino una realidad palpitante que los sostenía cada mañana. Como Moisés y Abraham, ellos vivían y soportaban las aflicciones “como viendo al Invisible” (Hebreos 11:27), prefiriendo el horno de fuego o la cruz antes que perder la amistad con ese Cristo glorificado.

Para nosotros hoy, vivir bajo la revelación de la Ascensión significa adoptar una mentalidad “Maranata” (El Señor viene). Quien tiene esta esperanza se purifica a sí mismo, evaluando sus decisiones, su matrimonio, sus finanzas y su santidad a la luz de la eternidad. La promesa de que la muerte, el dolor, la injusticia social y la enfermedad tienen fecha de caducidad nos levanta para no rendirnos frente a la cultura actual ni claudicar ante las crisis. Estamos llamados a ser efectivos en nuestro tiempo presente interactuando con Él a través del Espíritu Santo, y uniendo nuestra intercesión terrenal a la oración que Jesús está elevando a la diestra del Padre, preparando fielmente el camino para nuestro Rey.

CONCLUSIÓN

La Ascensión de Jesucristo no es simplemente el epílogo de los Evangelios; es el motor vibrante de la vida cristiana y el eslabón fundamental que conecta Su ministerio terrenal histórico con Su victoria escatológica final. Nos demuestra de manera irrefutable que Cristo es nuestro Dios Todopoderoso y, simultáneamente, nuestro hermano glorificado que experimentó nuestras debilidades. En tiempos donde la ansiedad y la desesperanza azotan a tantas personas, recordar que tenemos un Sumo Sacerdote que traspasó los cielos para interceder incansablemente por nuestra fe es un bálsamo profundamente restaurador.

Si hoy te encuentras en el valle de sombra de muerte, siendo “zarandeado” por las circunstancias, alza tus ojos. No estás solo. Hay un hombre en el cielo, tu Redentor y tu Abogado, que aboga por ti para que tu fe no falte. Te invitamos a dejar de mirar las olas amenazantes y fijar tus ojos en el Cristo ascendido. Únete a Su intercesión celestial, fortalece tu corazón, y vive cada día impulsado por la gloriosa y transformadora esperanza de que, así como subió a la vista de sus discípulos, pronto regresará a buscar a Su novia pura y sin mancha.

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