Introducción a manual de Comunión

10–15 minutos

¿PREPARADOS?

“También oí una voz que parecía el rumor de una gran multitud, o el estruendo de muchas aguas, o el resonar de poderosos truenos, y decían: «¡Aleluya! ¡Reina ya el Señor, nuestro Dios Todopoderoso! ¡Regocijémonos y alegrémonos y démosle gloria! ¡Ha llegado el momento de las bodas del Cordero! Ya su esposa se ha preparado, y se le ha concedido vestirse de lino fino, limpio y refulgente.» Y es que el lino fino simboliza las acciones justas de los santos.” Apocalipsis 19:6-8(RVC)

Al imaginar ese momento, nuestro ser entero se estremece. Aquello por lo que tanto anhelamos y nos preparamos está por suceder. Con certeza podemos proclamar: ¡la Esposa se ha preparado!

¡Cómo deseo que llegue este momento! Qué alegría que estamos ante el Señor y escuchar, como en Mateo 25:21 “Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho pondré; entra en el gozo de tu Señor.”

¿Podemos imaginarnos en esa escena? Preparación recompensa. Fidelidad y esperanza. El desafío es claro: ¿cómo llegar a ser esa esposa? En un mundo saturado de información, ¿cómo mantenernos firmes en ese propósito a lo largo de nuestra vida en la tierra? Este es nuestro objetivo: estar preparados para esperar a nuestro amado. Hoy ¿estás listo? Tú y la Iglesia que representas, ¿podría afirmarlo?

¿Cómo reflejar esta preparación en la vida diaria? ¿De qué manera nuestra forma de vivir evidencia nuestra espera? Son preguntas cruciales. Tal vez la respuesta llegue rápido, pero vivirlo cada día será un verdadero desafío. La preparación para encontrarnos con nuestro amado se manifiesta en cómo vivimos cada día.

Sí, comenzamos por el final de la historia. Pero queremos que entres con fuerza en Su historia, y para eso, veamos a qué fuimos llamados.

Desde hace años, tenemos en nuestras manos el remedio para el pecado, pero ¿entendemos realmente el procedimiento? El Evangelio nos invita a vivir en comunión con Dios y entre nosotros como cuerpo de Cristo. Sin embargo, no podemos empezar por el principio. Perdón por el spoiler, pero es necesario fijar nuestros ojos en el objetivo final: el destino que nos llena de esperanza, nos da fuerzas y transforma nuestra perspectiva. Saber el final alivia el dolor del camino.

Repasamos cómo terminará todo:

“Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos.” Apocalipsis 21:3 (NBLA)

Es claro: el plan de Dios es la comunión, de principio a fin. Pero ¿cómo estamos colaborando para preparar a Su esposa? Ese es nuestro llamado. Vamos a vivirlo. Pero ¿cómo lo hacemos en la práctica?

Si ellos vivieron así, ¿cómo debemos vivir nosotros hoy? Durante años, hemos trabajado en nuestra congregación local para establecer una cultura que refleje, de la manera más radical posible, a la Iglesia Gloriosa que anhela el regreso de su Amado.

Para ello, tenemos dos anclas. La última es nuestra esperanza en la Nueva Jerusalén y en Dios habitando entre nosotros. Pero enfoquémonos en la primera: volver a los principios de la Iglesia primitiva, la Iglesia de los Hechos.

Justo después de que Jesús, con su cuerpo glorificado, pasara cuarenta días enseñando sobre el Reino venidero. Justo después de que Él dijera: “Recibiréis poder y me seréis testigos.” Justo después de que el Espíritu Santo bautizara a los que esperaban con anhelo la promesa.

Aquellos que vieron a Jesús ascender y escucharon con sus propios oídos:

“Hombres de Galilea, ¿qué hacen ahí, mirando al cielo? Acaban de ver que Jesús fue llevado al cielo, pero así como se ha ido, un día volverá.” Hechos 1:11 (TLA)

Esos mismos que, según Hechos 1:14“estaban unánimes dedicados constantemente a la oración”, esos que orando pidiendo guía para elegir al discípulo número doce, esos que entendían que la historia no terminaba, sino que recién comenzaba la reconciliación de todas las cosas en Cristo, decidieron algo en Hechos 2:42 (TLA) lo dice así:

“y decidieron vivir como una gran familia. Y cada día los apóstoles compartían con ellos las enseñanzas acerca de Dios, de Jesús, y también celebraban la Cena del Señor y oraban juntos.”

Pero veamos cómo otras versiones expresan esta misma convicción:

  • “PERSEVERABAN” (RV60)
  • “TODOS SE MANTENÍAN CONSTANTES” (BLP)
  • “SE MANTENÍAN FIELES” (RVC)
  • “ESTABAN DEDICADOS” (PDT)
  • “SE MANTENÍAN FIRMES” (NVI)
  • “SE CONGREGABAN REGULARMENTE” (NBV)
  • “SE DEDICABAN CONTINUAMENTE” (NBLA, LBLA)
  • “Y ERAN FIELES” (DHH)

Es evidente: estaban convencidos. Cambiaron su agenda de vida para siempre y vivían según:

Hechos 4:20 (NTV): “Porque nosotros no podemos dejar de hablar acerca de lo que hemos visto y oído.”

A lo largo de estos años buscando un correcto funcionamiento como Iglesia, vimos muchas fallas en nosotros mismos, y aún seguimos corrigiendo. Creímos doctrinas que quizá no eran bíblicas, pero nunca lo cuestionamos. Adoptamos costumbres eclesiásticas que nada tenían que ver con lo que la Iglesia primitiva practicaba continuamente.

No sabemos cuánto teníamos en común con la fidelidad, la constancia y la dedicación a las doctrinas de Jesús. Sin querer, construimos, practicamos y enseñamos conceptos erróneos sobre el ministerio y el servicio a Dios. Y, lamentablemente, los repetimos durante años. Pero este no era nuestro llamado.

¿Somos bíblicos en todas nuestras conductas? Hay prácticas que no están en la Biblia y, aun así, las seguimos. Otras que sí están, pero hemos dejado de lado. ¿Es por cultura, por tradición o por decisión propia?

¡ES TIEMPO DE VOLVER A NUESTRO LLAMADO!

¿Hemos perdido la esencia de lo que nuestro amado desea? Pablo parece haber leído nuestra historia cuando escribió a los corintios:

"fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor". 1 Corintios 1:9

Este llamado a la comunión comienza con una relación personal y profunda con Dios, que luego se extiende a los hermanos en la fe. No puede haber comunión Cristo-céntrica sin primero tener comunión con Dios.

Por eso, decidimos regresar a Su diseño y vivirlo cada día. Queremos perseverar en la enseñanza de los apóstoles y de Jesús. Queremos vivir la comunión a su manera. Aprender qué significaba para los primeros cristianos partir el pan y ser una Iglesia que ora con los ojos puestos en Su rostro. Queremos ser una Iglesia madura, una Esposa preparada, amando lo que él ama.

Las Escrituras hablan de una liberación total del pecado, la sublime noticia del Evangelio es que, por medio de la sangre de Cristo, hemos sido rescatados del imperio de las tinieblas y restaurados a una relación plena con Dios. Ahora, nos preguntamos:

¿Este acceso a Dios se refleja en nuestra capacidad de vivir en comunidad? ¿En qué punto del proceso espiritual la santificación mutua se convierte en un pilar del crecimiento? Hebreos 10:24-25 nos exhorta:

“Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos.”

Pero, ¿qué significa hoy congregarnos? ¿Ir a la iglesia los domingos? ¿Asistir a congresos? ¿Acumular conocimiento bíblico?

El estado de paz con Dios, ganado por Jesús, también nos da paz con nosotros mismos. Separados de Dios, nos separamos también de nosotros mismos. Por eso, el Evangelio nos redime de nuestro propio egoísmo, lo que implica que debemos cultivar una verdadera comunión con Dios y entre nosotros.

La comunidad se convierte en el campo donde el Espíritu Santo obra, unificando nuestras vidas en el camino de la santificación. Enseñamos este camino a nuestros recién convertidos, donde primero somos salvos, luego justificados, y en estas dos etapas no participamos, pues todo es por gracia. Luego viene el camino de santificación, un trabajo conjunto entre nuestra voluntad y el Espíritu Santo, hasta que llegue el día de la glorificación, que esperamos cuando Cristo regrese.

Esta anticipación de la segunda venida de Cristo nos anima a vivir en unidad y amor, conforme a Romanos 15:5-6:

"El Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir, conforme a Cristo Jesús, para que, unánimes y a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo."

La unidad en la fe se manifiesta en la comunión, donde cada miembro del cuerpo aporta a la salud espiritual de la comunidad. Como creyentes, debemos ser un testimonio visible del amor de Dios mientras esperamos su regreso. No basta con asistir a la iglesia un día a la semana; debemos vivir Hechos 2:42 en nuestras mesas, con Jesús como nuestra lámpara encendida.

La iglesia, como cuerpo de Cristo, es un organismo vivo que debe funcionar en armonía. Su preparación para el retorno de Cristo implica crecimiento y santidad.

Imaginemos una mesa donde los santos desean crecer, siendo vulnerables pero conscientes de lo que tienen para dar en Cristo. Cada palabra de aliento y acto de servicio fortalece la unidad eclesial, reflejando el amor y la gracia recibidos en Cristo. Así, al vivir en comunión, nos fortalecemos y nos preparamos como esposa para su regreso.

La comunión no es opcional; es la prueba visible de nuestra transformación. Nuestro egoísmo nos ha dejado frente al espejo, viendo cuán bien estamos, pero olvidando al Cuerpo de Cristo. Inculcamos en cada canción y mensaje la importancia de mirar su rostro, pero no podemos ignorar su cuerpo. Nos casamos con Cristo, y Él no es solo la cabeza; Él, en su totalidad, es glorioso.

Debemos redefinir la comunión, entendiendo que es un pilar de nuestra fe y de nuestra expectativa escatológica. La vida en comunidad, guiada por el Espíritu, nos permite crecer en santidad mientras aguardamos Su venida.

El proceso de ser justificados por la fe nos invita a vivir libres en la mesa, donde el Padre nos sienta y cada miembro del cuerpo edifica la fe del otro. Como dice Hebreos 10:24-25:

"Consideremos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos."

En su mesa no hay segundas filas. Cada uno de nosotros es único, y juntos reflejamos la medida de Cristo. ¿Cuánto te estás perdiendo de Él? Debemos dejar de menospreciar la comunión en Cristo.

¿Qué no es comunión? Seguramente podríamos ampliar esa lista:

  • NO ES UNA CHARLA EN EL ATRIO DE LA IGLESIA.
  • NO ES LA CONVERSACIÓN ANTES DE ABRIR LA PALABRA EN TU DISCIPULADO, CÉLULA O HOGAR.
  • NO ES LA “PARTE SOCIAL” DE LA IGLESIA.

La comunión ES vivir en Dios a través de Cristo. Como dice el apóstol Pablo a los Colosenses:

"Puesto que ustedes ya han resucitado con Cristo... Porque ustedes ya han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, que es la vida de ustedes, se manifieste, entonces también ustedes serán manifestados con él en gloria... se han revestido de la nueva naturaleza... sino que Cristo es todo, y está en todos... perdónense de la misma manera que Cristo los perdonó. Y sobre todo, revístanse de amor, que es el vínculo perfecto. Que en el corazón de ustedes gobierne la paz de Cristo, a la cual fueron llamados en un solo cuerpo. Y sean agradecidos... Instruyanse y exhórtense unos a otros con toda sabiduría; canten al Señor salmos, himnos y cánticos espirituales…” Colosenses 3:1-17 (RVC)

Debemos atesorar cada palabra. Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, lo expresó perfectamente. Se trata de fe en Cristo, de la cual florecen las relaciones, y no al revés. No es lo que hacemos, sino desde dónde. ¿Desde dónde somos hermanos?

En nuestra comunidad solemos decir: “Nos han enseñado a ser hijos, pero no hemos aprendido a ser hermanos.”Además de avergonzarnos, esta verdad debe inquietarnos a cruzar el límite de lo conocido y vivir como una gran familia, donde Dios quiere revelarse.

La eclesiología nos enseña que cada miembro, aunque imperfecto, tiene un propósito en esta obra de santificación y crecimiento mutuo. Solo en comunidad experimentamos plenamente la gracia de Dios y el poder transformador del Espíritu Santo.

Por eso, debemos alejarnos del engaño de que, al ser regenerados, las relaciones serán fáciles. No lo serán. La práctica diaria de la comunión en amor y servicio nos prepara para Su regreso, pero nos costará todo en el camino. Como dice 1 Tesalonicenses 5:11:

“Animados unos a otros y edificados unos a otros, así como lo hacéis.”

Ser un cuerpo unido no sólo glorifica a Dios, sino que también nos prepara para el día en que seremos uno con Él. Así como Él nos acepta en nuestra imperfección, debemos aceptarnos unos a otros. Pero ¿lo hacemos? ¿Tenemos la misma paciencia que exigimos?

Pablo lo expresa en Romanos 15:7“Por tanto, recibíos unos a otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios.”

Este versículo resalta la importancia de una comunión basada en el amor y la aceptación mutua, reconociendo a Cristo en nuestro hermano. ¡Él es la medida!

Veamos un pasaje que repetimos en la Santa Cena:

“De manera que el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor.” 1 Corintios 11:27 (NBLA)

Esto suele llevarnos a una introspección sobre el pecado, pero el versículo 29 añade:

“Porque el que come y bebe sin discernir correctamente el cuerpo del Señor, come y bebe juicio para sí.”

Y nos preguntamos: ¿“Discernir el cuerpo” significa reconocer qué parte de Cristo está en mi hermano? ¿Qué porción de la divinidad Dios ha puesto a mi lado?

¡MARANATA!

¡ÉL VINO, ÉL VIENE Y ÉL VENDRÁ!

  • Él vino a revelarnos la comunión eterna, haciéndose hombre y pagando el precio para devolvernos a Su plan.
  • Él viene, a través del Nuevo Pacto, sigue siendo Emanuel, Dios con nosotros, revelándose día a día como Pan Partido en medio nuestro.
  • Él vendrá, nuestra mayor esperanza es estar preparados, porque Jesús regresará como Rey Justo, como León que reinará físicamente entre nosotros. Y reinaremos con Él.

Jesús está con nosotros. Jesús es nuestra comunión. Dejémoslo claro: hemos sido llamados a conocerle a Él.

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