Introducción
Debemos recordar cómo Dios ha estado hablando a la iglesia en las últimas semanas. A través de mensajes anteriores sobre las voces de trompeta y la necesidad de purificar el sacerdocio para entrar a la presencia de Dios, el Señor nos ha estado recordando cuánto nos
ama. Se nos ha enseñado que Cristo es la verdadera ganancia y que debemos amarnos con un amor ferviente (1 Pedro 4). Sin embargo, a pesar de que Jesús llamó a sus discípulos “amigos”, cumplir con la Gran Comisión requiere algo fundamental: la obediencia.
En medio de estas enseñanzas, nace una carga inmensa en el corazón: “Señor, no sabemos amar”. Este mensaje no busca ser una predicación teológica profunda ni rebuscada; es un recordatorio de algo tan básico que, al parecer, no estamos digiriendo correctamente. Hemos hablado de que no podemos ser solamente oidores de la palabra, sino hacedores. La historia nos muestra que el pueblo de Dios fue destruido por la falta de conocimiento, porque rechazaron el derecho de conocer a Dios.
Como nos advierte Ezequiel 2:3-4, Dios corrige a quien ama. Por lo tanto, la invitación inicial es clara: no miren quién da la palabra, por favor, iglesia; abran sus oídos y su corazón a lo que Dios quiere hacer con esta carga.
Un corazón transformado para el gran final
Todo nuestro fundamento se encuentra en 1 Juan 4:7-10: el amor es de Dios, y el que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. Él es la imagen misma del amor porque nos dio a Jesús para que tuviéramos vida eterna. ¿En qué consiste realmente este amor? No en que nosotros lo hayamos amado a Él, sino en entender lo que Él hizo. La mayor inmensidad de amor fue el sacrificio de Jesús; Él fue quien nos amó primero. Quienes no han nacido de Dios están como Nicodemo, necesitan nacer de nuevo para ser transformados y así poder ser un verdadero reflejo de Cristo. Jesús nos dejó un mandato claro que se divide en tres puntos principales, los cuales requieren obediencia y no solo sacrificios:
Amar a Dios
¿Cómo podemos saber si realmente amamos a Dios? La respuesta es la obediencia. Según Juan 14:15 y Juan 14:21-23, el que obedece los mandamientos de Dios demuestra que le ama. Esta obediencia nos incorpora en la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Jesús promete que a quien le ame, Él se le manifestará.
Acaso esto no nos suena a algo que anhelamos: ¡revelación! La obediencia trae la revelación de la persona de Jesús a través del Espíritu Santo. Ahora, quien nos está pidiendo obediencia es el mismo Jesús, aquel que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Él le dijo al Padre: “Si puedes pasa de mí esta copa, pero que no sea mi voluntad, sino la tuya”.
Amar al hermano como a ti mismo
En Juan 13:34-35 Jesús nos dice cómo quiere que amemos. Cuando amamos como Jesús amó, vamos a demostrar a todos que somos sus seguidores, sus discípulos. Y amar como Jesús es, según Juan 15:13, estar dispuestos a dar la vida por los otros.
Amar a los enemigos
El llamado se extiende aún más en Mateo 5:44 y Lucas 6:27-36. ¿Por qué es tan importante volver a amar, incluso a los enemigos? Porque Dios nos ha dejado muy claro que la Gran Comisión es una tarea de todos. En Mateo 24:12-14 se nos advierte que el amor de muchos se
enfriará, pero el evangelio será predicado.
Predicar el evangelio es hablar de Cristo. Es experimentar el Salmo 23:6 (el bien y la misericordia me seguirán). Ocurre cuando usted y yo entendemos cuál era nuestra condición: la muerte. Al entender que el Padre nos amó, nos dio a Jesús y nos dio todo en Su plan perfecto al
proveer al cordero perfecto. Él me salva, lava mi condición, me redime y me da eternidad cuando yo no merecía nada.
Entender el evangelio completo es entender la inmensidad del Amor de Dios: Su Gracia. Cuando chocamos con esa realidad, nacemos de nuevo, conocemos a Dios, entendemos el amor y empezamos a predicar el evangelio completo a todos, porque la condición de muerte era la misma para todos.
El Poder Transformador del Amor
Si entendiéramos el poder del amor de Dios, dejaríamos de juzgar, de señalar y de criticar; entonces la gente verdaderamente podría ver a Jesús. Quitar los velos se logra a través del amor de Jesús.
¿Acaso no lo entendieron los discípulos cuando vieron cuánto Él los amaba? ¿Acaso no lo entendió Esteban, quien al ser apedreado no les tuvo en cuenta su pecado, porque él ya había recibido gracia y amor? ¿Acaso no lo entendió el apóstol Pablo, quien descubrió que Cristo lo vale todo y no podía callarse tras recibir la revelación del amor más puro? El perseguidor de cristianos se convirtió en un apasionado por Jesús. La religiosidad de Saulo le hacía creer que hacía lo correcto, pero la revelación le enseñó lo que estaba mal y le enseñó a amar como Cristo amó a la iglesia, dando su vida.
Conclusión
La carta a Filemón (1:4-21), aunque es una carta pequeña, nos muestra una gran verdad. Nosotros estamos llamados a dar el mensaje del evangelio porque creo que hay muchos como Onésimo allá afuera; personas que quizás se apartaron por un tiempo, pero que con el amor de Cristo debemos recibir y abrazar. Son útiles para nosotros y para Dios. Si alguien te falló, perdónale (amando a los perdidos, a los que cayeron).
Es tiempo de amor, de mucho amor para que podamos predicar el mensaje del Cristo completo: que vino, murió, resucitó, ascendió y vuelve con pasión. Este mensaje de amor es el único que transforma vidas verdaderamente. Solo cuando logramos asimilar y vivir este amor inmenso, podremos responder con total convicción como lo hizo el profeta en Isaías 6:8: “Heme aquí Señor, envíame a mí”.
Citas Bíblicas
Ezequiel 2:3-4 (RV60)
1 Juan 4:7-10 (RV60)
1 Juan 5:2 (RV60)
Juan 14:15 (RV60)
Juan 14:21-23 (RV60)
Juan 13:34-35 (RV60)
Juan 15:13 (RV60)
Mateo 5:44 (RV60)
Lucas 6:27 (RV60)
Mateo 24:12-14 (RV60)
Salmos 23:6 (RV60)
Isaías 6:8 (RV60)
Descargables & Recursos
También puedes leer este artículo en la aplicación de la Biblia.
También puedes leer este artículo en PDF.
